Cuando un hijo lo está pasando mal, la búsqueda suele empezar por el nombre del modelo: cognitivo-conductual, juego, sistémica, DBT. Y ahí aparece el primer problema, porque la lista de modelos no responde la pregunta que importa, que es qué le está pasando a este niño en particular.
Cómo se decide, en la práctica
Antes de elegir un modelo hay que responder tres cosas:
- Qué predomina. No es lo mismo un niño ansioso que uno con rabia difícil de contener, uno que se desregula, uno que está triste o uno que dejó de hablar en el colegio.
- Dónde aparece. ¿Solo en la casa? ¿También en el colegio? ¿Con todos los adultos o con algunos? Lo que ocurre en un solo contexto y lo que ocurre en todos se tratan distinto.
- Qué edad y qué nivel de desarrollo. Es lo que decide el vehículo. Un niño de siete años no aprende regulación emocional conversando sobre ella.
Eso se define en una evaluación inicial, no en una búsqueda. Empezar por el modelo y después ver si calza es el orden inverso.
Los modelos con evidencia en niños
- Terapia cognitivo-conductual adaptada a la infancia. El caballo de batalla para ansiedad y ánimo. Trabaja sobre pensamientos y conductas, con material concreto y participación de los padres.
- Terapia de juego con encuadre. No es «jugar». Es usar el juego como vehículo para trabajar lo que el niño todavía no puede poner en palabras. Útil especialmente bajo los ocho años.
- Intervenciones centradas en los padres. En buena parte de los cuadros infantiles, el trabajo más eficaz no es con el niño sino con quienes lo cuidan: cómo responder antes de que escale, cómo validar sin ceder en el límite.
- Terapia familiar. Cuando lo que aparece en el niño está sosteniendo algo del sistema completo.
- DBT adaptado a niños y adolescentes. Cuando lo central es desregulación emocional intensa, conducta autolesiva o impulsividad de riesgo. Es el modelo con más evidencia para eso, y en la infancia se trabaja con juego y con los cuidadores dentro de la sesión.
Las señales de que un tratamiento va bien
- El niño quiere ir, o al menos no se resiste después de las primeras semanas.
- Los padres reciben orientación concreta, no solo un reporte.
- Hay objetivos que alguien nombró en voz alta y que se pueden revisar.
- Se conversa con el colegio cuando corresponde, con autorización.
- Después de un tiempo razonable hay algún cambio observable, aunque sea chico.
Lo que conviene preguntar antes de empezar
- ¿Qué modelo usa y por qué ese para este caso?
- ¿Cuánta participación se espera de nosotros?
- ¿Cada cuánto vamos a revisar si esto está funcionando?
- ¿Qué pasa si no funciona?
- ¿Coordinan con el colegio o con otros profesionales que ya lo ven?
Un profesional que no puede responder la primera y la última con claridad es una señal a considerar.
Si no está claro qué le pasa
Es lo más frecuente, y no es un fracaso de nadie. Cuando el cuadro no es evidente —o cuando hay sospecha de que algo del desarrollo esté influyendo— lo que corresponde primero es una evaluación, no un tratamiento a ciegas.
